LUMINARES EN MEDIO DE LA OSCURIDAD

 

Filipenses 2:14-15

 

Por Israel Zavala

 

INTRODUCCIÓN

Los creyentes de la ciudad de Filipos fueron llamados a servir a Dios en un contexto difícil. Pablo no les escribe desde una realidad ideal ni desde una sociedad favorable al evangelio, sino desde un mundo marcado por la maldad y la perversión. Sin embargo, ellos no fueron una excepción.

La verdad es que todo aquel que ha servido a Dios, en cualquier época de la historia, lo ha hecho en medio de una generación semejante. Y nosotros hoy no somos la excepción. Mientras estemos en este mundo, esa seguirá siendo nuestra realidad.

La Escritura no oculta ni suaviza el escenario en el que vivimos. Dios no nos engaña con falsas expectativas. Al contrario, la Palabra nos presenta la realidad tal como es, para que sepamos cómo vivir correctamente en medio de ella.

A través de esta lección, reflexionaremos en qué significa vivir como hijos de Dios cuando el entorno no es favorable, y cuál es el papel que el Señor espera que desempeñemos en medio de esta condición.

 

VIVIMOS EN MEDIO DE UNA GENERACIÓN MALIGNA

Cuando Pablo habla de una “generación”, no se refiere simplemente a un grupo de personas de cierta edad, sino al conjunto de valores, actitudes y conductas que caracterizan a una sociedad entera.

Al describirla como “maligna y perversa”, está señalando que se trata de una sociedad desviada de la voluntad de Dios, torcida en su manera de pensar, de hablar y de vivir.

Esta descripción sigue siendo plenamente vigente. Vivimos en un mundo donde el pecado no solo se practica, sino que muchas veces se celebra y se exhibe con orgullo. Lo que antes causaba vergüenza hoy se justifica; lo que antes se ocultaba hoy se promueve abiertamente. La inmoralidad, la mentira, la injusticia y la violencia se han normalizado.

Basta con conversar con nuestros hijos adolescentes para darnos cuenta de lo corrompido que está el ambiente en muchas escuelas. No estamos exagerando. Vivimos en medio de una generación maligna y perversa, y eso ejerce una presión constante sobre quienes desean agradar a Dios. Como dice el apóstol Juan, este, mundo está bajo el maligno. - (1 Juan 5:19).

Es importante notar que los apóstoles no se sorprenden por esta realidad ni la presentan como algo inusual. La Biblia nunca promete que el mundo será justo o piadoso. Por el contrario, nos prepara para entender que este será siempre un entorno complicado para la fe.

Nuestros hijos crecen expuestos a ideas que chocan directamente con los principios bíblicos. Los adultos enfrentan presiones para callar su fe, para adaptarse, para no ir contra la corriente, pero solo cuando entendemos correctamente el mundo en el que vivimos, podemos responder a él de la manera correcta, como Dios espera.

 

NO PODEMOS CAMBIAR EL MUNDO

Frente a esta realidad torcida, el cristiano suele enfrentarse a dos caminos. El primero es intentar cambiar o limpiar el mundo para hacerlo un lugar más favorable para servir a Dios.

Aunque nuestros esfuerzos personales pueden traer algún impacto positivo, y aunque podemos ganar almas para Cristo, tanto la Escritura como la experiencia nos enseñan que el mundo, en términos generales, seguirá siendo corrupto.

No importa cuánto nos esforcemos, el mal seguirá existiendo: en los contenidos dañinos que se consumen, en la corrupción de los gobiernos, en la violencia que se normaliza, en la inmoralidad que se presenta como libertad, y en una cultura que empuja a nuestros hijos lejos de Dios.

Por mucho que nos esforcemos, el mundo no dejará de ser mundo. Por eso, nuestra prioridad no debe ser cambiar el mundo, sino decidir cómo vamos a vivir dentro de él.

El segundo camino, y el único verdaderamente bíblico, es servir a Dios fielmente, sin importar el entorno.

Dios nunca ha esperado que el ambiente sea favorable para que su pueblo le obedezca. A lo largo de la historia bíblica vemos hombres y mujeres que fueron fieles en contextos incluso más difíciles que los nuestros.

Noé vivió en una época donde la maldad había llegado a niveles extremos, pero decidió caminar con Dios cuando nadie más lo hacía (Génesis 6:5, 8-9).

Lot habitó en medio de una ciudad pervertida, y aunque su historia es compleja, la Escritura lo llama “justo” porque su alma no se acomodó al pecado que lo rodeaba (Génesis 13:13; 2 Pedro 2:7-8).

Los apóstoles enfrentaron persecución, encarcelamientos y muerte, pero jamás negociaron su obediencia al Señor (Hechos 4:18-20).

Estos ejemplos nos enseñan una verdad clara: el ambiente no define la fidelidad; la decisión sí.

Por eso, el cristiano no puede vivir condicionado por el mundo. No podemos decir: “cuando las cosas mejoren, entonces serviré a Dios”. La fidelidad se demuestra cuando se obedece a pesar de las circunstancias (Romanos 12:21).

 

DEBEMOS RESPLANDECER COMO LUMINARES

No somos llamados únicamente a resistir la oscuridad, sino a alumbrar en medio de ella.

Pablo nos exhorta a vivir como hijos de Dios irreprochables y sencillos. Esto no significa perfección absoluta, sino integridad: una vida coherente entre lo que creemos y lo que vivimos.

Para lograrlo, el apóstol nos da una instrucción clave:
“Haced todo sin murmuraciones y contiendas.”

La murmuración es una queja constante que revela inconformidad del corazón. Las contiendas son conflictos que nacen del orgullo y del deseo de imponerse sobre otros.

En un mundo donde la queja y la confrontación son normales, una vida marcada por la gratitud, la mansedumbre y la confianza en Dios destaca inmediatamente. El creyente que enfrenta las dificultades sin quejarse y responde con mansedumbre se convierte en un testimonio visible del carácter de Cristo (1 Pedro 2:12).

Muchas veces el testimonio cristiano no se pierde por grandes pecados visibles, sino por actitudes cotidianas que apagan la luz: palabras duras, espíritu crítico, falta de amor o inconformidad constante.

Cuando Pablo habla de luminares, evoca la imagen de luces colocadas en un lugar visible. Una luz no necesita anunciarse; simplemente se nota. Así también, la vida cristiana coherente habla por sí misma (Efesios 5:8).

 

CONCLUSIÓN

El mundo puede no cambiar, pero el cristiano sí puede decidir cómo vivir. No hemos sido llamados a huir de la oscuridad, sino a alumbrar en medio de ella. Renovemos nuestra decisión de vivir como hijos de Dios, conscientes de que somos observados, y dispuestos a resplandecer como luminares en medio de la oscuridad.